Firma del acuerdo de paz entre Itzhak Rabin
(izq) y el rey Hussein de Jordania (der)
Dos formas de actuar, ocurridas a pocos kilómetros de distancia entre sí y vinculadas con el 60º aniversario de la creación del Estado de Israel, que se celebra desde ayer en todo el mundo judío, dan cuenta de cómo es posible lograr la paz en la región sólo con la buena voluntad política para hacerlo.
Por un lado, las declaraciones de Ahmadinejad en las que (como era de esperarse) volvía a pronosticar la destrucción del estado de Israel y daba cuenta de la imposibilidad de un diálogo en esas circunstancias.
Por el otro, el gobierno jordano, con el cual Israel tiene relaciones desde el acuerdo de paz de Camp David de 1994 y que, en esta oportunidad, que mostró su ánimo de mantener la paz al prohibir alusiones contra la declaración de Independencia del Estado de Israel, como lo reseña la Agencia Judía de Noticias.
Nadie pone en duda la necesidad y el derecho a existir de un estado palestino. Recordemos que el hecho no se cuestionó ni siquiera en los años previos a 1948, tiempo en que se diseñaba el proceso de paz para la región, que culminó con el Plan de Partición. El rechazo del pueblo árabe a la iniciativa y el inicio casi inmediato de lo que fue la Guerra de Independencia de Israel fue lo que, desde ese momento y hasta el sol de hoy, ha impedido la materialización de ese otro estado.
Pero la justificación de la existencia del estado palestino no puede darse a costa de cuestionar la existencia de un país como Israel, legalmente reconocido y constituido desde 1947, con la aprobación de la resolución 181 de la Asamblea General de la ONU Y eso es lo que, desafortunadamente, intentan hacer los sectores radicales –y mayoritarios– del mundo árabe islámico, por no decir a intelligentsia progresista –de izquierda, antiimperialista y antisemita– del planeta.
Sólo si se supera esta diatriba existencial contra el Estado de Israel podrá lograrse el estado palestino, necesario para culminar con éxito el anhelado proceso de paz. Y la decisión jordana de impedir las protestas en contra de Israel (que, insisto, son radicalmente distintas a las protestas a favor del estado palestino) muestra precisamente ese objetivo: superar el prejuicio según el cual el estado israelí y el estado palestino no pueden coexistir






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