Con la decisión del gobierno italiano, ya son cuatro los países que no participarán en la II cumbre Durban sobre Racismo y Xenofobia, que se celebrará en Ginebra a finales de abril. ¿La razón? Será un pretexto para actuar como aquellos que dicen combatir: de manera racista.
La primera en alertar sobre el hecho fue la canciller israelí Tzipi Livni, quien hizo un llamado a "rehusar dar legitimidad al odio, al extremismo y el antisemitismo bajo la bandera de la lucha contra el racismo".
A su queja se unieron las voces del gobierno de Estados Unidos y de Canadá, y más recientemente la totalidad de la Unión Europea, que la semana pasada llamó la atención sobre la orientación musulmana que podría tener el encuentro, auspiciado por Naciones Unidas.
Sobre esta islamización (nada sorprendente con una ONU constituida en 2/3 por naciones árabes e islámicas), volveremos más adelante. De momento, quiero llamar la atención sobre las razones de los países que se han negado en participar en la conferencia: el carácter esencialmente antisemita de la cumbre, materializado no solamente en sus participantes, sino en lo que parece será el contenido del documento que busca aprobarse en la Conferencia.
La alerta fue difundida por la académica Anne Bayefksy, en National Review. En su artículo sobre, Bayefsky da interesantes datos acerca de la razón de ser de la conferencia, sus orígenes, etc., y hace especial énfasis en el posible borrador de resolución que se emitiría al final de la conferencia.
En él, las naciones firmantes hacen gala de su antisemitismo disfrazado de críticas a las políticas israelíes en los territorios palestinos, al asegurar que estas son una "violación de los derechos humanos, un crimen contra la humanidad y una forma contemporánea de apartheid" (resaltados míos).
Aparte de obviar la verdadera naturaleza del conflicto (el terror generado por Hamás en las zonas fronterizas con Israel), el documento se refiere de manera casi exclusiva a las políticas israelíes, mientras que otros temas (como la negación del Holocausto o los crímenes cometidos en Sudán) los toca de manera tangencial o los omite deliberadamente.
Los términos de esta declaración recuerdan sorprendentemente la de una similar en 1975, cuando la ONU aprobó una resolución impulsada por el dictador ugandés Idi Amin (el mismo que mandó a erigir una estatua de Hitler en su país) en la que equiparaba al sionismo con el racismo. Una resolución que, como también recuerda Bayefksy, "tiñó todas las demás resoluciones sobre el tema hasta 1991) Y recuerda también las declaraciones de supuestos "relatores de Derechos Humanos" absolutamente parcializados que han calificado de "bantustanes" la valla con la que Israel ha separado su territorio de Cisjordania.
¿Por qué sorprenderse entonces, cuando es claro el espíritu antiisraelí reinante en una ONU dominada por la izquierda y el filoislamismo? De una organización con estas características sólo puede esperarse un resultado de esa naturaleza.
3/07/2009
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